Lowry dividió la novela en 12 capítulos, un guiño a las 12 horas del reloj y a las 12 estaciones del Via Crucis. Cada trago que toma el Cónsul es un paso más hacia el fondo del abismo. La frase actúa como un leitmotiv que recuerda al lector la presencia constante de la muerte y la naturaleza efímera de la existencia. Los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl no son solo decorado; son dioses impasibles que observan la caída del hombre moderno, desprovisto de fe y atrapado en el alcoholismo y la nostalgia por un mundo que ya no existe (la Europa de preguerra).
Casi 80 años después de su publicación, sigue siendo una lectura perturbadora y necesaria. En una época de ansiedad climática, guerras y soledades digitales, la figura del Cónsul Firmin nos resulta extrañamente familiar. Todos, de alguna manera, vivimos bajo el volcan : bajo la amenaza de nuestras adicciones, de la pérdida o del simple paso del tiempo. bajo el volcan